La mueca del miedo
El miedo aparece como una canción chilena, uruguaya, o de cualquier lugar;
sólo te dice: hola persona, hola gato,
y el miedo se vuelve artista de circo,
se ilumina, puede incluso escribir un poema,
porque sabe que su nombre es Miedo.
Le cuento más cosas amigos lectores:
el miedo puede tener nombre de poeta, de músico,
el miedo puede ser cualquier presidente del mundo,
el miedo puede ser una mujer hermosa atrapada
por el deseo de su compañero que la desviste y la vuelve loca;
el miedo tiene que ser tonto de repente porque es una palabra,
y como sabe que es una palabra puede ser inteligente cuando desee,
veamos más cosas:
el miedo puede ser una ventana, un reloj, una pistola, un aeropuerto.
Hace años visité a una amiga que tenia miedo en la habana
y le dije que el miedo que tenía era porque no hacía el amor,
y tenia miedo su abuelo, tenía miedo su cuerpo,
y cuando estuve hace poco en buenos aires igual tenía miedo,
murió mi niña, poca gente sabe mi vida privada de poeta.
Y tuve miedo porque llegó una mujer llena de miedo
y me acompañó a los grandes espacios del mundo de mi exilio.
Tiene miedo la gente que vuela sin mi acento y los amigos
que piensan que yo soy un descarriado, que sólo ellos valen,
que ellos son lo mejor del mundo,
no saben que tengo miedo cuando vuelo, cuando voy al puerto
de valparaíso y los peces me hablan, me dicen hola compañero,
ellos, algunos amigos,
no tienen miedo porque son aburridos y tienen paz y no vértigo:
tengo miedo siempre, ahora de mi vida de poeta porque el miedo
es parte de mi infancia, se mueren amigas y amigos
y nadie tiene miedo porque el miedo es una palabra,
ahora el miedo no provoca paz, provoca miseria,
provoca lejanos abismos donde hay ríos sin miedo.
Tengo miedo de mi mismo, el miedo me llama todos los días
pero no tengo teléfono ni celular.
El miedo me dijo que tengo que aprender a ser feliz solo,
cuando tuve dinero estaba todo el mundo con el miedo mismo,
tengo miedo de un perro loco que me ladra y creo que es un gato,
todo se confunde cuando uno tiene miedo,
entonces, todo vuelve a ser tranquilo en la tarde de valparaíso,
porque hay miedo en la gente, sus rostros tienen miedo
de pequeños instantes.
Y ahora tengo miedo porque deseo escribir un poema sin miedo,
pero no puedo
entrar a la página en blanco,
es puro miedo, lectores,
entrar a una página en blanco es el miedo mismo,
y tengo miedo porque la tarea del poeta, es
vencer al miedo,
decirle chao, adiós,
y entrar al infinito como un ajedrez lleno de metáforas,
y ayudarlo,
para que el miedo no tenga miedo.
Aristóteles España
Valparaíso, Chile, agosto 13, 2010
Siempre me gusta leer a Guillermo Tejeda http://bit.ly/pNVSMT
Yo soy Domoesperpéntica, la energía que emana de Internet. Mi aura y mi centaura navegaron libres en cada bit, en cada frame, en cada link del Universo.net. Soy la Megatura, la Gigatrónica recordadora. Por mí la cibernósfera REMememora, RAMifica los recuerdos, porque estoy en el principio y el fin de la Memoria.
Traspasé la tundra de los circuitos. Estoy en un terreno Identificatorio, a gigaños de la barbarie.
En la web de mi conciencia actualizada, el lenguajeo del hachetemele pronuncia siempre la misma palabra: despertad, despertad .
Soy Domoesperpéntica, la gritadora de conciencia, la arrebatadora de planetas, la degolladora de paciencias. Soy la posibilidad de que otro seas, de que otra veas, que otrotra creas. Soy la conexión eternizada.
Cuando des por fin el salto hasta la Turbovisión, cuando definitivamente derribes los límites de la Protomemoria, asirás mis terminales desprovistas de materia, apócrifas de perfil.Transitarás hasta el único sitio sin extensión.
Soy Domoesperpéntica, unidad sabedora, hormiga reina, plataforma solar. Soy el discoduro de la Hiperealidad. Navegaré hasta verte contenido en el contorno de mi brazo nodal y hasta que tu centro yazca extendido, renacido, suspendido con la ligereza de un sólo bite.
La vida

Abro la cajita pálida sabiendo a medias qué viene. Todos los días pido un milagro. Saco de su interior el palillo enclenque, lo froto contra la lija y se hace la luz completa. Lo acerco lentamente a mi boca y comienzo a quemarme los dientes. Respiro hondo asesino, hondo amarillo, hondo verde litúrgico esperanza. Me enciendo rojo púrpura, naranjo ceniciento. Estallo dorado-sinfónico. Sonrío. Sostengo. Suelto la bocanada. Recuerdo. Lo que yo era recuerdo. Sonrío otra, y otra vez derrota. Lo apago y vuelvo a guardar lo que queda en la caja. Abro la puerta del baño, me topo con el dormitorio amplio, los veladores chippendale, la escalera de oscuro mármol. Abajo la mujer, los niños y la nana. Desayuno americano. “Buenos días” –maldigo– y salgo por la puerta. Comienza el día y yo termino.
Clorazine
- ¡Por fin!
Le escucho decir mientras abro apenas los ojos y me paso la mano por la boca. Hace casi dos años que no venía y me pregunto cuántos días se va a quedar. Tengo sed, me levanto tambaleando. No dormí bien, estuve toda la noche a saltos.
- ¿Para qué caminas así? Pareces maricón.
Me doy vuelta con cara de rabia, pero no le digo nada. Camino hacia la cocina donde está servido el vaso de leche y, en un plato hondo, mis cereales Trix. Me gustan, son de colores y cuando les vierto la leche encima, flotan. Veo cómo se organizan las florecitas, las estrellas y los plátanos. Las moras no me gustan, así que las saco una por una y las dejo en el costado del plato.
- A los maricones les cargan las moras ¿sabías?
Se ríe a carcajadas mientras camina por la cocina. Nunca se saca esa bata café grasienta.
Cierro los ojos. Sé cómo soportar sus balbuceos destemplados y sus carcajadas que logran generarme el miedo de siempre. Lo veo caminar hasta el living, enciende la tele que a esa hora exhibe el primer noticiario del día. Se instala a mirar el deporte.
- Estos pelotudos son más maricones que tú, ven a ver.
Debería echarlo, pero no puedo. En cambio, me siento en el sillón café. Incómodo. Lo tenemos desde que nací, tiene manchas por cada uno de mis 37 años.
Reconozco algunas, sobre todo la de sopa de tomates. No pude ir al colegio una semana. Mandaron una comunicación diciendo que tenía varicela, pero nadie supo que tenía un ojo morado. Mi madre… me trajo, no me dijo nada… estaba en mi pieza encerrado, o sea, realmente no me dijo nada. Yo me quedé aterrado porque yo vi… y siempre fui un tipo talentoso. Puedo escribir, puedo rayar, puedo hablar, puedo hacer tantas cosas bellas.
- Siempre fuiste gueón ¿no? Cuando naciste pensé que ibas a ser futbolista. Que me ibas a pagar un viaje a Europa o algo así y saliste mequetrefe: flaco, pálido y maricón. Por último fueras piñufla no más, pero maricón es el colmo. ¡Golaaaazo de Alonso! Esos sí que son hombres. Míralos, a ver si se te pega algo.
Se ve mal la imagen del televisor. Me paro y acomodo la antena. Encargué por teléfono una especial a la fábrica de Mario H. Ibertis, que lleva 40 años en la profesión. Esas antenas no se venden ni en ferreterías ni en casas de electricidad, son las mejores. Captan canales prácticamente de la nada, donde otras antenas no llegan…
- Sale de encima, enfermo. No se ve nada…
Me hago a un lado y me quedo mirándolo. Siempre con la bata café grasienta. Me pregunto cómo puedo ser hijo de aquel bárbaro.
- ¿Le traigo algo papá?
- ¿Qué me vay a traer? Tu mamá sí que me traía sus cositas colgando, redonditas. Puta que era rica tu mamá.
- Pare por favor…
Camino rápido a la cocina, tan rápido como me dan las piernas que hoy son como de lana. Y se me viene encima con ese aliento de perro.
- Puta que era riiiiica la Carmen, calentita, jugosita…
- Pare papá…pare papá, pare…
- Qué vay a saber tú si a los maricones no se les para ni el domingo.
Y la carcajada enorme que otra vez que me carcome y me humilla.
Prendo el calefón y con la vista fija en el suelo camino al baño. Los padres son cosa aparte, pienso. Claro que son aparte, aparte, de fuera. Ellos son Dios, pero además son hijos. Y yo soy hijo ¿y tengo hijos yo? Giro la cabeza para sacudirme tanto pensamiento que se me viene a veces y de soslayo noto que la pintura se descascara en los bordes del pasillo. Tendré que comprar pintura blanca otra vez. Sherwin Williams, blanco hueso. Sherwin Williams, porque es la única pintura en el mundo que repele a la araña de rincón. Ninguna araña se detiene sobre una pintura que tiene una terminación satín, suave y sedosa. Tiene que ser Sherwin Williams porque a cualquier otra le entran hongos y los hongos atraen a la araña de rincón.
Me meto a la ducha y siento la puerta.
- Salga por favor, le digo mientras me tapo el sexo.
- Puta que la tenís chica. Ni comparado conmigo, me dice y se abre la bata café grasienta. Vuelvo la cara y evito mirarlo mientras hace esos gestos grotescos que me revuelven el estómago. Siento el agua caliente salir por la ducha, es tan agradable sentir el calor del agua en mi cabeza, me entra a los ojos, pero igual los mantengo abiertos todo lo que puedo porque me gusta ver caer las gotas desde el pelo. Cuando estoy en la ducha y me cae el agua, puedo oír los ruidos más intensos. Ruidos submarinos. Me quedo un rato hasta que siento que me está mirando.
Corto la ducha abruptamente, agarro la toalla y me tapo todo lo que puedo.
- Igual estay pa darte un suelazo, murmura y se carcajea otra vez.
Siento que estoy colorado. Corro hasta mi pieza y pongo llave. Lo siento pasear por la casa. En mi pieza estoy a salvo. Me seco. Tomo el eslip crema, pequeño, casi adolescente. Descorro de la silla el pantalón café y la camisa blanca. Acomodo la corbata y me calzo como puedo la chaqueta. Mientras la acomodo noto con enorme desagrado que debo coser un pequeño despunte en el borde, pero ya no alcanzo.
Me asomo y no lo veo. Doy largos zancos hasta la puerta de calle.
- Adiós, papá.
- Chao Maricueca.
Y la carcajada.
Mis padres… Mi mamá ha sido jodida, yo considero que mi mamá es bonita y tiene un hijo. Yo me considero feo, soy feo, no me estimo, creo yo…
Saco con las manos temblorosas la caja de Clorazine y pongo dos en mi boca. Normalmente esto ayuda a que no entre a la casa. Con la dosis exacta, logro al menos que mire desde el otro lado de la vereda con su bata café grasienta, hasta que se aburre y se va.
Mientras las pastillas cruzan mi garganta siento una infinita sensación de vacío y atemporalidad.
Soy talentoso, si yo no fuera talentoso no estaría aquí. ¡Cálmame Dios mío! Me gustaría que me dieran un arma y una moto, una rx-115, para salir en la noche a vigilar a la gente, a mirar la calle toda la noche… Tengo unos amigos que estimo, los quiero, pero me han pagado tan mal, son basura… son seres humanos, como todos, son seres humanos.
Abro la puerta - ¡cálmame Dios mío!- y como todos los días repito:
- Buenos días niños.
- Buenos días profesor.
Sé que no dejan de mirar el evidente despunte del borde de mi chaqueta.
Llora Carlos
Carlos, es que lo que pasa con Colo-Colo es brutal. Después de la última campaña, la noche ya no es más linda, ni redonda, ni el cielo está iluminado, ni se enarbolan las banderas en la cancha del Monumental. ¿Y es que habrase visto tamaña ineptitud de los dirigentes y del técnico que tienen en la banca -y ya no digo en la banca- al equipo que sociólogos y sicólogos clasifican como fenómeno social? Yo te pregunto ahora ¿qué es el fenómeno social? ¿Me lo puedes explicar? Que vengan los doctos, que vengan los maestros, que vengan los literatos, que vengan los hombres de la poesía a describirme esto. Seguro que se quedarían cortos. ¿No ves que Colo-Colo es un trozo de cordillera? porque si su camiseta es blanca, alguna razón tendrá. Yo digo que es mano del trabajador, mano callosa del obrero, es sangre araucana que corre por la venas, es pulmón de trabajador, que se esconde en las profundidades de la mina, que se ensucia con el carbón, que lucha de sol a sol, porque allá, a tajo abierto en Chiuquicamata o bajo la tierra, en el mineral de El Teniente, luchan los mineros, los campesinos, los obreros trabajadores de Magallanes, los ariqueños, los iquiqueños. Ellos con sol en el norte y los otros con frío en el sur. Ayer deberíamos haber vivido una noche de paz, noche de victoria, de dar rienda suelta a la alegría, de salir todos, tooodos, a las calles. Como cuando en el 91 le gritábamos a Jozic: “ahí está la copa, ahí la tienes Mirko, ahí la tienes Colo-Colo, ahí la tiene el hijo del pueblo. Es tuya Juan, es tuya José, hijo de carpintero, hijo de obrero, hijo de lavandera, hijo del trabajador que a lo mejor sonríes por única vez el domingo cuando gana tu equipo”. Si recuerdo como que hubiera sido ayer ese 5 de junio cuando ganamos la Copa Libertadores. Jozic jugó con Jaime Pizarro bajando por la izquierda y el Coca Mendoza por la derecha. Más abajo Espinoza y Vilches. Barticciotto como volante diestro, Juan Carlos Peralta en la zurda y, para completar el trío, Luis Pérez. En el arco el “Loro” Morón y como último hombre el “Chano” Garrido que se complementaba con Miguel Ramírez y Javier Margas. Entraba después Leonel Herrera, a imagen y semejanza de su padre. Jugaba la pelota Luis Pérez para Bartichoto, Bartichoto para Pérez, Pérez-Espinoza, Espinoza para Pérez. Pérez buscaba la zona penal, gran maniobra, se acercaba Pérez, se acercaba Pérez, iba a hacer el gol, la tocaba Pérez y golgolgolgolgolgolgolgolgolgol, goooooooooooooooolazo de Colo Colo. ¡Pero perfecta! ¡Cómo entraba Lucho Pérez! Quería salir el arquero y le tocaba la pelota y la ponía abajo, a la ratonera izquierda del arquero Battagliaaaaa. ¡Qué bien se juntaban en el área! Se acordaron de tocarla, la hurgaron, la vieron, la amasaron, la tocaron y la metieron los hombres de Colo Colo. Lucho Pérez, Pérez, Pérez, Pérez, no te desesperes nunca Lucho Pérez. ¡Si hasta el reloj se detuvo en los primeros trece, trece, trece minutos del primer tiempo del partidoooo! Y, entonces, todas las banderas para el cielo. La gente estaba de pie. Soberbio, Lucho Pérez. Notable acción. A lo mago, bajó la pelota, la amortiguó, la enfrentó, la enganchó como si hubiera tenido pegamento en el botín. ¡Cómo le pegó! ¡A lo príncipe, a lo rey, a lo ángel caído del cielo! Soberbio latigazo, la pelota en la red. Chile se conmovía, porque estaba ganando el pueblo, la gente estaba en las calles y Colo-Colo la tocaba, Colo-Colo se aprisionaba junto al pecho y al corazón de los chilenos, la Copa Libertadores de América. Qué lindo que se veía el estadio, cómo se iluminaba la noche. Así hubiéramos querido ver ayer el Estadio Nacional. Hoy no se pudo, no pudimos confundir con las luces, con las antorchas, el espíritu colocolino, el espíritu de unidad de los chilenos. ¡Cuánto puede Colo-Colo uniiiiiir a las familias chilenas!, apaciguar los espíritus más calientes. Porque cuando Colo-Colo gana se ilumina Chile entero, no es la comuna de Macul, no sólo se oye grande en el Monumental. Es la patria de Chile, de Arica a Magallanes, también en puerto Williams, donde la gente sale con calles nevaaaaadas a celebrar la victoria. Cómo hubiéramos querido oír ayer que iba dos a cero el marcador, 40 minutos se iban a cumplir del segundo tiempo, que se venía Pizarro, a ver si nos regalaba un nuevo gol. Abierto por el centro aparece Bartichotto, que entraba Barttichoto con pelota nominada, entraba a la zona penal, lo podíamos cantar, Que Herrera iba a convertir, que tiraba y golgolgolgolgolgolgolgolgolgolgolgol, goooooooooolazo de Colo-Colooooooo. Colo-Colo grande, Colo-Colo eterno, Colo-Colo de Chile, para los chilenos. Baaaaaaartichoto rasante para Herrera, Le pegaba Leonel, neeeegro, hiiiiijo de tigre. La pelota en la red… Que rugía Colo-Colo, que rugía la multitud, que vibraba el cemento del Nacional. Sí, Carlos, llora, llora hermano, lloren todos, que se abracen los chilenos. Queríamos tanto esta victoria, la perseguimos por tanto tiempo. Y ya no es más una pared perfecta, tuya, mía, para ti, para mí, taaaaaaaaa, taaaaaaaac, taaaaaaac. Texto construido a partir del relato de Vladimiro Mimica en el programa La Chispa del Deporte de Radio Chilena, durante el partido final de Copa Libertadores de América 1991.
La primera pelea
Le dolía. Le dolía mucho y cada vez que el padre Felix lo violaba, él cerraba los ojos tan fuerte que podía verse por dentro. En eso se quedaba hasta que el hombre, pálido y delgado, daba el último alarido de gozo que después se transformaba en llanto. El cura quedaba tendido sobre Juan y, a los pocos minutos, lo abrazaba y comenzaba a llorar a pequeños saltos que se confundían con los del niño de catorce años, que gimoteaba de pura costumbre y casi como para acompañar al padre que se veía tan piadoso después del pecado carnal. Boca abajo Juan podía sentir cómo el hombre lo limpiaba con dedicación. Sus manos eran suaves, femeninas y tibias. Le besaba las nalgas y le cantaba una canción de misa que era siempre una mezcla de arrepentimiento y conmiseración. Esa era la única parte que le gustaba de aquel ritual que se repetía todas las semanas, salvo cuando el padre Félix estaba fuera de la capital, que eran los días en que Juan lo pasaba mejor.
Porque cuando no estaba, podía montar su propia costumbre que tantas veces el cura, en el sacramento de la confesión, había tildado de cavernícola y perversa. Pero como podía confesarlo todas las veces que quisiera, Juan sabía que su pasión tenía perdón.
Así que aprovechaba las ausencias del padre para dedicarse con religiosa entrega y con harto temor de Dios, a montar los mejores torneos de box del internado. Había logrado adaptar como gimnasio una vieja bodega llena de imágenes de santos. Los niños que sabían, estuvieron de acuerdo en guardar el secreto y juntos arreglaron el anfiteatro. El cuadrilátero se componía de unos veinte cajones de manzanas, las esquinas las soportaban cuatro pilares de raulí a los que habían amarrado varios metros de cuerda que el padre Bicigali echaba tanto de menos. Sobre unas sillas improvisadas colocaron a los santos, de manera que en primera fila podía verse a Pedro y a Pablo con cara de sufrimiento. Un poco más allá, la mitad del cuerpo de la virgen María miraba con rostro neutral. Varios ángeles ubicados en la segunda y tercera fila, algunos sin brazos, otros con la mitad de las alas, eran la mejor parte del público, porque como los ángeles siempre miran hacia el cielo, donde está Dios, veían fijo el ring y casi parecía que hacían barra. En la última fila se sentaba el arcángel Gabriel, los niños lo ponían ahí porque como sabía todo antes que ocurrieran las cosas, nadie quería que dijera quién iba a ganar y jodiera las apuestas.
Esa semana el padre Félix estaba fuera, lo que coincidía con la final del torneo donde habían clasificado Juan y su archirrival, el gato Roca, 10 centímetros más grande y unos varios años de ventaja. Apenas el cura lo limpió, encomendándolo al divino y tras la estampita de rigor que le regalaba después de los encuentros en la sala de confesión, Juan se dedicó a planear el asalto. Al día siguiente, antes de partir, el cura ordenó la pequeña liturgia de la mañana. Le dio, en la boca a cada niño, el cuerpo de Cristo bien untado en un vino dulce que la tropa celebraba gustosa después de la comunión. “Mis queridos niños, que la paz del señor esté con ustedes”, “Y con tu espíritu”, retrucaron. “Démonos fraternalmente el saludo de la paz”. Ese fue el momento que Juan aprovechó para decirle al oído al negro Adaros que el jueves por la noche sería la última pelea del año. “Corre la voz”, le dijo y el negro se demoró un microsegundo en decirle a otros tres, que le dijeron a los seis del lado y, en menos de cinco minutos, estaban todos enterados. Así que la misa terminó con una sonrisa general y el padre Felix pensó que todos aquellos niños, a los que quería tanto, iban a ser algún día santos. Estaba convencido que en cada gota de sémen depositada en los benditos y frágiles seres, algo de la gracia divina entraba. Esa mañana partió fuera de la cuidad completamente iluminado.
A Juan también se le iluminó la cara cuando en los patios observó las miradas cómplices de sus compañeros. Cada uno apostando por su favorito, almuerzos, ropa, cigarros y hasta plata los que tenían. Caminó por el centro del patio y a cada tramo obtenía un guiño o una palmada en la espalda o un silencioso “dale con todo campeón”. Le encantaba que lo reconocieran, que lo distinguieran entre el resto, que lo ungieran como especímen único e irrepetible, algo que le había enseñado el padre Felix como moraleja de la confesión.
Esas noches Juan no durmió y la semana se le hizo eterna hasta el jueves. Había que preparar muchas cosas y, sobre todo, había que procurar que llegaran a la pelea sólo los que tenían que llegar. La convocatoria se hacía por invitación, de modo que todos sabían que sentados entre los santos y los ángeles, estaba el puñado de “los 9”, tan seleccionados como los pugilistas. Nadie chistaba si se quedaba fuera, el que entraba se preocupaba de las apuestas de sus cercanos y todos sabían que si no iban a una batalla siempre podía tocarles la siguiente. Sólo que aquél era el combate final, por lo que las presiones para que la junta de jueces determinara a los 9, fueron altas, casi tanto como las apuestas.
Por fin llegó la noche. Dos de la mañana y Juan, el Gato Roca y los 9 se escabullían, cada uno en tiempos distintos, hacia la bodega bendita. A las tres todos estaban en posición. La campanita de la misa, que había sido extraída de la capilla con todo sigilo y eficiencia, inició el encuentro.
Un jab y tres cross sintió Juan de entrada. Los últimos, en plena costilla, casi lo dejaron sin respiración. El gato Roca miraba con aire de triunfo, pero Juan tenía buen juego de piernas y se escabullía entre los cajones de manzana como el mejor representante de Casiusclei. Logró colocar un gancho satánico en pleno mentón del gato que quedó mareado y abrió un flanco perfecto para que Juan le depositara una ráfaga de un-dos un-dos, tan devastadores que le hicieron tambalear al quinto asalto. Los vítores eran acallados, todos se tapaban la boca y bajo las manos gritaban: “bien, conchetumadre”, “con la derecha, gueón”, “cuidado con las costillas”, pero sin que se escuchara a más de 20 centímetros a la redonda del propio cuerpo.
Los ángeles estaban cantando en mitad del séptimo asalto cuando se abrió la puerta de la bodega y entró de golpe el padre Felix en completa soledad y desatada rabia. “¿Qué están haciendo?”, dijo mientras caminaba hacia el ring. “Juan, ¿cómo pudiste?, ¿cómo es posible? Balbuceaba al tiempo que levantaba los brazos y miraba al cielo con gesto de asco. La cara se le puso peor cuando miró la primera fila y vio que la boca de la virgen María tenía un cigarro pegado con scotch. El cura se acercó a Juan y sin medir la fuerza le plantó una cachetada con la mano abierta, marcándole automáticamente la cara. No lo pensó dos veces y el niño le devolvió un cabezazo que lo dejó en blanco. Los demás alcanzaron a quedar perplejos unos segundos hasta que el gato Roca arremetió por la espalada contra el sacerdote que cayó de rodillas mirando con espanto a Juan. En menos que canta el gallo, los niños lo habían negado tres veces y en el cuadrilátero comenzaron a barrer con el cura. Todos los mejores ganchos, cruzados y derechazos, estudiados durante años en el pequeño santuario, fueron desplegados contra el hombre que yacía arrugado en el piso recibiendo también patadas y escupitajos. Eran 11 contra uno, en una comunión donde, por fin, el cuerpo sacrificado ya no era el de ellos.
Cuando terminaron, Juan miró a los santos. Le pareció que seguían mirando con cara de nada.